BENEDICTO XIV
1740-1758 d.C.


   Hijo de Marcello Lambertini y Lucrecia Bulgarini, nació en Bolonia el 31 de Marzo de 1675; murió el 3 de Mayo de 1758. Recibió su educación primaria de tutores. A la edad de trece años fue al Collegium Clementinum de Roma donde estudió retórica, filosofía, y teología. Santo Tomás de Aquino fue su autor favorito, pero la inclinación de su espíritu iba hacia los estudios históricos y legales, destacando en estos últimos, tanto en derecho civil como eclesiástico. En 1694, aunque de sólo diecinueve años, recibió el grado de Doctor en Teología y Doctor Utriusque Juris (derecho civil y canónico). A la muerte de Inocencio XII fue nombrado abogado consistorial por Clemente XI, y poco después consultor del Santo Oficio. En 1708 fue nombrado Promotor de la Fe; en 1712 canónigo teólogo en el Vaticano y asesor de la Congregación de Ritos; en 1713 fue nombrado prelado doméstico; en 1718 secretario de la Congregación del Concilio, y en 1725 obispo titular de Theodosia. Fue nombrado obispo de Ancona en 1727 y cardenal el 30 de Abril de 1728. Fue trasladado al arzobispado de Bolonia en Abril de 1731. Aunque de ningún modo un genio, su enorme aplicación asociada a una agudeza de mente mayor de la ordinaria, le hizo uno de los hombres más eruditos de su tiempo y le dio la distinción de ser quizá el más sabio de los papas. Su personalidad fue múltiple, y la gama de sus intereses amplia. Su dedicación a la ciencia y la investigación seria de problemas históricos no interfirió con sus estudios puramente literarios. “Se me ha reprochado”, dijo una vez, “por mi familiaridad con Tasso Dante y Ariosto, pero son una necesidad para mí para dar energía a mi pensamiento y vida a mi estilo.” Esta dedicación a las artes y ciencias llevó a Lambertini a lo largo de toda su vida a mantener un estrecho y amistoso contacto con los autores y sabios más famosos de su tiempo. Montfaucon, a quien él conoció en Roma, dijo de él, “Joven como es, tiene dos almas, una para la ciencia, otra para la sociedad.” Esta última caracterización no obstaculizaba su incansable actividad en una de las muchas posiciones importantes que fue llamado a ocupar, ni disminuía su asombrosa capacidad para el trabajo más arduo.

   El celo y energía que Lambertini aportó a este cargo infundió nueva vida a todos sus asuntos. Él mismo explicaba su asiduidad diciendo que consideraba el episcopado no como un honor sino como una oportunidad de hacer el bien. Su administración fue ejemplar: visitó todos los lugares de su diócesis, celebró sínodos, incitó al pueblo a la piedad mediante la palabra y el ejemplo, y supervisó los asuntos de su diócesis tan completamente que nada que necesitara cambio o corrección se le escapó. Su humildad y vasto saber fueron una fuente de inspiración y fortaleza para su clero, y su comprensión amplia y firme de los asuntos y problemas públicos le dio una posición de influencia única entre los gobernantes y el pueblo. En su opinión el fundamento del éxito en la administración episcopal era la completa armonía entre el obispo y el clero, y él logró conseguir esto. A causa de sus maravillosas dotes y su extraordinario éxito como obispo de Ancona, el Papa Benedicto XIII deseaba trasladarlo a un cargo de mayor responsabilidad que le permitiera desarrollar en un campo más amplio sus facultades y actividad, pero el replicó en su habitual vena jocosa que ningún cambio de puesto le podía hacer de otra forma que como era, alegre, humorístico, y amigo del Papa. Cuando fue trasladado a Bolonia en 1731 sus energías y actividades parecieron redoblarse. Se hizo todo para todos y se dice que no permitió a nadie dejar su presencia insatisfecho o airado, y sin ser confortado y estimulado por su sabiduría, su consejo, o sus advertencias. Sus esfuerzos se dirigieron mayoritariamente a la mejora de la educación del clero en su diócesis. Reformó los programas de estudios en su seminario y preparó un nuevo plan de estudios en el que se ponía énfasis en el estudio de la Sagrada Escritura y la patrología.

   Cuando murió Clemente XII (el 6 de Febrero de 1740) la fama de Lambertini estaba en su cúspide. Por intrigas de diversas clases el cónclave que empezó el 17 de Febrero duró seis meses. Estaba compuesto por cincuenta y cuatro cardenales de los que cuarenta y seis eran italianos, tres franceses, cuatro españoles y un alemán. Estaban divididos en varios partidos. Uno estaba compuesto de los que habían sido nombrados por Clemente XI, Inocencio XIII, y Benedicto XIII; otro por los nombrados por Clemente XII que eran conocidos como el nuevo colegio. La larga, tediosa sesión, y el intenso calor no mejoró el humor de los cardenales; después de seis meses de infructuosos esfuerzos e intriga constante, la elección no parecía más próxima que al comienzo. Se sugirieron diversos expedientes, tales como la retirada de los nombres de los principales candidatos y la sustitución de otros, pero fue inútil. Después de probar varios planes que terminaron en un punto muerto, Lambertini, cuyo nombre había sido propuesto como compromiso, se dirigió al cónclave, diciendo: “Si deseáis elegir a un santo, escoged a Gotti; si a un estadista, a Aldobrandini; si a un hombre honrado, elegidme a mí.” Estas palabras dichas quizá tanto en broma como en serio ayudaron a terminar con la dificultad. Lambertini fue elegido y tomó el nombre de Benedicto XIV en honor de su amigo y protector Benedicto XIII. Como Papa, Lambertini no fue menos enérgico, esforzado, y modesto que antes de su elección. Su gran saber le colocó en posición de tratar con éxito las situaciones eclesiásticas que necesitaban reforma, y el amplio espíritu cristiano que animaba sus relaciones con las potencias extranjeras eliminó la presión y hostilidad de incluso las cortes y gobernantes protestantes. Fue indudablemente liberal en sus relaciones políticas, aunque nunca perdió de vista los intereses esenciales de la Iglesia y la religión.

Política pública

   Ir hasta el límite extremo de la concesión y la conciliación parece haber sido el principio que dominó todas las acciones de Benedicto XIV en sus negociaciones con gobiernos y gobernantes, tanto, en realidad, que no ha escapado a la crítica incluso desde dentro de la Iglesia de ser demasiado propenso a solucionar las dificultades haciendo concesiones o compromisos. Pese a como se puedan juzgar sus acciones, se piense lo que se quiera de sus motivos, no puede negarse que buscó constantemente la paz y que pocas causas de fricción permanecieron tras el final de su administración. Además, al estimar el valor y efecto de sus concesiones, se ve que en casi todos los casos reforzó la influencia moral del Papado incluso aunque se abandonaran algunos derechos de patronato u otros intereses materiales. Ni fue su influencia menos poderosa entre los gobernantes protestantes que entre los católicos; la estima universal en que era tenido por todo el mundo significaba mucho en una época, cuyo final iba a ser testigo de la destrucción de muchas instituciones centenarias, tanto políticas como religiosas. Una enumeración de sus principales negociaciones con los jefes de estado mostrará que Benedicto sabiamente abandonó, en muchos casos, la sombra de la autoridad temporal para mantener la sustancia de la supremacía espiritual.

   El rey de Portugal recibió el derecho de patronato sobre todas las sedes y abadías de su reino (1740) y fue además favorecido con el título de Rex Fidelissimus (1748).En la cuestión de las rentas de iglesia y la asignación de beneficios eclesiásticos España fue también tratada muy generosamente. En 1741 se dio permiso para gravar con impuestos la renta del clero, y en 1753 el gobierno recibió el derecho de designación de casi todos los beneficios españoles; en 1754 se ratificó un acuerdo por el que las rentas de todos los beneficios de España y de las colonias americanas se pagarían al tesoro público para llevar a cabo la guerra contra los piratas africanos. El rey de Cerdeña recibió el título de Vicario de la Santa Sede que llevaba consigo el derecho de designación de todos los beneficios eclesiásticos en sus dominios y la renta de los feudos pontificios a cambio de los cuales se tenía que pagar una indemnización anual de mil ducados. Por mediación del Papa se estableció en Nápoles un tribunal formado por igual número de clérigos y laicos presidido por un eclesiástico, que constituía el tribunal último para el juicio de casos eclesiásticos. Como mediador entre los Caballeros de Malta y el rey de Nápoles el Papa llevó a feliz término una controversia de larga duración. Mediante la Encíclica “Ex omnibus christiani orbis” (16 de Octubre de 1756) la amarga controversia relativa a la cuestión de la admisión a los sacramentos de personas que no aceptaban la Bula “Unigenitus” fue concluida. Aunque insistiendo en la autoridad de la “Unigenitus” y señalando que era obligación de todos los fieles aceptarla con veneración, el Papa decretaba que sólo debía excluirse de los sacramentos a aquellas personas cuya oposición a la constitución pontificia fuera pública y notoria, y que por tanto debieran ser considerados como enemigos públicos. El título de Rey de Prusia adoptado en 1701 por el Elector de Brandenburgo fue reconocido por Benedicto contra la vigorosa oposición de muchos miembros de la Curia. María Teresa se refería a él como el sage par excellence, y recibió muchos elogios del sultán a quien él se refería amistosamente en sus escritos como el “Buen Turco”. Al final de su pontificado la única cuestión de importancia en las relaciones exteriores de la Santa Sede que no había sido solucionada con éxito era la referente al Patriarcado de Aquileya sobre el que la República de Venecia y el emperador reclamaban el control. Benedicto decidió que los derechos del patriarcado debían dividirse entre el Arzobispado de Görz, en Austria, y el de Udine, en los estados de Venecia. Esta decisión fue considerada injusta por Venecia, que en represalia decretó que ninguna Bula, Breve, o comunicación de la Santa Sede sería promulgada dentro de la jurisdicción de la República sin la supervisión y aprobación del gobierno.

Gobernante Temporal y Espiritual

   Como soberano temporal Benedicto gobernó los Estados de la Iglesia con sabiduría y moderación e introdujo muchas reformas con la finalidad de disminuir los abusos y promover la felicidad y prosperidad del pueblo. Con vistas a reponer el tesoro que había sido agotado por la extravagancia de algunos de sus predecesores, especialmente de Benedicto XIII bajo la influencia del cardenal Coscia, y por las enormes inversiones para edificios públicos bajo Clemente XII, no hizo promociones al Sacro Colegio durante cuatro años. Se promovieron medidas para reformar la nobleza, se introdujo una nueva división comarcal de la ciudad con la finalidad de una mayor eficiencia administrativa, la agricultura fue favorecida y animada mediante la introducción de nuevos y mejores métodos, se promovió el comercio, y el lujo se restringió, mientras que la práctica de la usura, contra la que publicó la Encíclica Vix Pervenit (1745), fue casi enteramente suprimida. Benedicto no abandonó ninguna de las pretensiones de sus antecesores, pero el uso liberal de sus poderes no tenía otro objetivo que la promoción de las artes, de la paz y de la industria. Cuán serio era el problema se ve mejor por sus propias palabras: “El Papa ordena, los cardenales no obedecen, y el pueblo hace lo que le apetece.”

   En los asuntos puramente espirituales y religiosos la influencia de Benedicto dejó una huella duradera en toda la Iglesia y su administración. Sus Bulas y Encíclicas, que han jugado un papel tan importante en definir y clarificar puntos oscuros y difíciles del derecho eclesiástico, fueron tratados ilustrados llenos de sabiduría y erudición. La enconada cuestión de los matrimonios mixtos, uniones entre católicos y protestantes, pedía solución como consecuencia de la creciente frecuencia con la que se producían. Mucha de la amargura del tiempo de la Reforma había pasado y los protestantes querían celebrar sus matrimonios con católicos solemnizados con las mismas ceremonias que cuando ambas partes eran católicas. Aunque en Roma predominaba la teoría de que las partes contrayentes eran los verdaderos ministros del Sacramento del Matrimonio, no había unanimidad entre los teólogos sobre este punto. Sin derogar lo más mínimo esta teoría, Benedicto en respuesta a las preguntas de los obispos de muchos lugares, especialmente de Holanda y Polonia, decretó en la Bula “Magnae nobis admirationis” (29 de Junio de 1748) que los matrimonios mixtos serían permitidos sólo bajo ciertas condiciones bien definidas, la principal de las cuales era que los hijos nacidos de esos matrimonios debían ser educados en la Fe Católica, pero que tales matrimonios, aunque tolerados, nunca se celebrarían con las ceremonias que implican la aprobación eclesiástica formal.

Relaciones con las Iglesias Orientales

   Bajo la hábil mano de Benedicto se consumó una unión formal con algunas de las Iglesias Orientales. Los frecuentes intentos de los Patriarcas Melquitas Griegos de Alejandría, Antioquía, y Jerusalén de lograr un reconocimiento de la Santa Sede no dio como resultado durante mucho tiempo algún tipo de unión definida, por la insatisfacción por parte de los papas con la formulación de los credos orientales. En 1744, Benedicto XIV envió el palio a Serafín Tanas a quien reconoció como Patriarca de los Melquitas Griegos de Antioquía. Los conflictos en la Iglesia Maronita, tras la deposición de Jacob II, que amenazaron seriamente su unidad fueron solucionados en un concilio nacional (1736) cuyos decretos fueron aprobados por Benedicto. El 18 de Marzo de 1751 renovó las prohibiciones de Clemente XII contra los masones, y aunque muy pocos gobiernos consideraban que la supresión de esta sociedad demandara una acción decisiva por su parte, se aprobaron enseguida leyes por España y Nápoles, y en 1757 por Milán. La controversia con respecto a las costumbres chinas y de Malabar, o el sistema de acomodación al paganismo que algunos misioneros habían permitido a sus conversos practicar, y por el cual se decía que ideas y prácticas paganas se habían injertado en el Cristianismo, fue terminado por Benedicto XIV que publicó dos Bulas sobre esta cuestión, y requirió a los misioneros que juraran que tales abusos no se tolerarían en el futuro. La Bula “Ex quo singulari”, respecto de los abusos en China, fue publicada el 11 de Julio de 1742; la relativa a Malabar, “Omnium sollicitudinem”, el 12 de Septiembre de 1744. (Ver CHINA, INDIA.) A causa de la manera en que las festividades de la iglesia se habían multiplicado, Benedicto se esforzó en disminuirlas. Esto hizo en España en 1742, en Sicilia y Toscana en 1748, y más tarde en Cerdeña, Austria, y los Estados Pontificios. Tal acción se enfrentó con fuerte oposición de muchos cardenales. Benedicto acalló sus reproches diciendo que menos fiestas observadas de manera más cristiana contribuirían más a la gloria de la religión.

Reformas Litúrgicas

   En asuntos litúrgicos Benedicto XIV fue extremadamente conservador. Veía con pesar los profundos cambios que habían sido introducidos en el Calendario Romano desde la época de Paulo V. El incremento en el número de fiestas de santos y la multiplicación de oficios con rango de Duplex había reemplazado a los antiguos oficios dominicales y de feria, y a lo largo de todo su pontificado se opuso determinadamente a la introducción de cualquier nuevo oficio en el Breviario, una política a la que se adhirió tan estrictamente que el único cambio que sobrevino durante su administración fue que San León Magno recibió el título de Doctor. Tan profundamente convencido estaba de la necesidad de una completa revisión del Breviario que eliminara aquellas partes en las que el sentido crítico del Siglo XVIII encontraba defectos que encargó al jesuita Fabio Danzetto que preparara un informe sobre la cuestión. Este informe en cuatro volúmenes de notas fue de carácter tan radical que se dice que provocó que Benedicto desistiera de su proyecto. El plan de reformar el Martirologio Romano fue, sin embargo llevado a cabo con éxito, y bajo su autoridad se publicó una nueva edición en Roma en 1748. Lo mismo se puede decir del “Cermoniale Episcoporum”, cuya reforma emprendió Benedicto XIII y que Benedicto XIV publicó (1752) en su forma ahora habitual. La obra clásica de Benedicto sobre asuntos litúrgicos es su “De Servorum Dei Beatificatione et de Beatorum Canonizatione” que aún regula el proceso de beatificación y canonización. Otros escritos litúrgicos importantes de Benedicto trataban del sacrificio de la Misa y las fiestas de Nuestro Señor, de la Santísima Virgen, y de algunos santos. Aparte de estas publicó numerosas obras sobre los ritos de los griegos y orientales; Bulas y Breves sobre la celebración de la octava delos Santos Apóstoles, contra el uso de imágenes supersticiosas, sobre la bendición del palio, contra la música profana en las iglesias, sobre la rosa dorada, etc.

   Con vistas a que el clero no estuviera carente de ciencia eclesiástica e histórica, y que no perdiera la oportunidad de aprovechar el progreso intelectual de la época, fundó en Roma cuatro academias para el estudio de las antigüedades romanas, las antigüedades cristianas, la historia de la Iglesia y los concilios, y la historia del derecho canónico y la liturgia. También estableció un museo cristiano, y encargó a Joseph Assemani que preparara un catálogo de los manuscritos de la Biblioteca Vaticana, que enriqueció con la compra de la Biblioteca Ottoboniana que contenía 3.300 manuscritos de valor e importancia únicos. Fundó cátedras de química y matemáticas en la Universidad romana conocida como la Sapienza, y muchas otras de pintura, escultura, etc., en otras escuelas. Sobre todas esas fundaciones ejerció la más estrecha supervisión; también encontró tiempo para llevar a cabo muchos planes de construcción y embellecimiento de iglesias en Roma. El hecho de que Benedicto nunca elevara a un jesuita al cardenalato se atribuye a su hostilidad a la Compañía; por otra parte, debe señalarse que fue a un jesuita, Emmanuel Azevedo, al que encargó la edición íntegra de sus obras (1747-51). Había sido urgido durante mucho tiempo por sus amigos los cardenales Passionei y Archinto para que ordenara una completa reforma de esa orden, pero no fue hasta el último año de su vida cuando se emprendió una acción decisiva. El 1 de Abril de 1758 publicó un Breve por el que el cardenal Saldanha era encargado de inspeccionar todos los colegios y casas de la Compañía en Portugal, y emprender una reforma de la misma, pero esta autoridad fue retirada por su sucesor, Clemente XIII.

   Benedicto XIV buscó solaz en la compañía de hombres ilustrados y artistas, entre los que brilló por su talento y erudición. Alegre, amable, y comunicativo, su conversación a veces asombraba, si no chocaba, a las formales sensibilidades de los dignos cortesanos que se ponían en contacto con él. Blando y afable en su conducta con todos los que se le acercaban, al Papa no le faltaba a veces ni energía ni ingenio. En una ocasión tuvo lugar una violenta escena en la que el Papa expresó de la manera más decidida su desaprobación por las tácticas de la corte francesa. Choiseul, el embajador francés, visitó el Vaticano para pedir que el nombramiento del cardenal Archinto para suceder al cardenal Valenti como secretario de Estado fuera aplazada hasta después de que algunos asuntos en los que el rey de Francia estaba interesado fueran decididos. El propio Choiseul da un relato de esta escena (Cartas, p.169), sin contar, sin embargo, todos los detalles. La conversación fue más amable de lo que Choiseul informó, y por las “Mémoires” del Barón de Bersonval (p.106) sabemos que cuando el Papa se hubo cansado de las importunidades de Choiseul le cogió del brazo y empujándole a su propio asiento dijo:”Haga usted de Papa” (Fa el Papa). Choiseul replicó: “No, Santo Padre, que cada uno haga su papel. Vos continuad siendo Papa y yo seré embajador.” Esta brusquedad, sin embargo, no era habitual en Benedicto. Podía ser alegre tanto como serio. El abbate Galiani le presentó una vez una colección de minerales diciendo: “Dic ut lapides isti panes fiant” (Manda que estas piedras se conviertan en pan), y la insinuación no cayó en saco roto. El milagro requerido fue realizado y el abbé recibió una pensión.

   Para sus súbditos Benedicto fue un ídolo. Si se quejaban a veces de que escribía demasiado y gobernaba demasiado poco, estaban de acuerdo en que hablaba bien y con talento, y sus bromas y “bon mots” eran el deleite de Roma. Las preocupaciones de estado, tras su elevación al pontificado le impidieron dedicarse tanto como habría deseado a sus estudios de épocas anteriores; pero nunca le faltó estímulo intelectual. Se rodeó de hombres tales como Quirini, Garampi, Borgia, Muratori, y mantuvo una activa correspondencia con sabios de distintas opiniones. Su preeminencia intelectual era no sólo un motivo de orgullo para los católicos, sino que creó un fuerte vínculo con muchos no creyentes. Voltaire le dedicó su “Mahomet” con las palabras: “Au chef de la véritable religion un écrit contre le fondateur d’une religion fausse et barbare”. En otra ocasión compuso para un retrato del Papa el siguiente dístico:

   Lambertinus hic est, Romae decus, et pater orbis Qui mundum scriptis docuit, virtutibus ornat. (Este es Lambertini, el orgullo de Roma, y padre del mundo, que enseña al mundo con sus escritos y lo honra con sus virtudes.)

   El dístico causó discusión respecto a la duración de “hic”, pero el Papa defendió la prosodia de Voltaire quien confirmó su opinión con una cita de Virgilio que dijo debía ser el epitafio de Benedicto.

   Grande como hombre, como sabio, como administrador, y como sacerdote, la pretensión de Benedicto a la inmortalidad se funda principalmente en sus admirables escritos eclesiásticos. Los más importantes de entre ellos, aparte de los ya mencionados, son: “Institutiones Ecclesiasticae”, escritas en italiano, pero traducidas al latín por el P. Ildephonsus a S. Carolo; es una colección de 107 documentos, principalmente cartas pastorales, cartas a obispos y otros, tratados independientes, instrucciones, etc., todos los cuales son realmente disertaciones científicas sobre asuntos relacionados con el derecho eclesiástico o el cuidado de las almas; la obra clásica “De Synodo Dioecesana”, publicada tras su elevación al Papado, una adaptación del derecho eclesiástico general a la administración diocesana; este libro es llamado por Schulte, a causa de su influencia, una de las más importantes, si no la más importante, obra moderna de derecho canónico.

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(Pbro. José Manuel Silva Moreno)